1984
“Quien renuncia a su libertad por su seguridad no merece ni libertad ni seguridad.”
Benjamin Franklin
En el “Thermobia” de octubre, unos cuantos compañeros hemos debatido acerca de la obra 1984, de George Orwell (1903-1950), distopía cumbre del siglo XX. En ella se nos cuenta la experiencia de un individuo, Winston Smith, en medio de una sociedad totalitaria que ha logrado obtener el control de todos los aspectos de la vida de los habitantes de Oceanía (América, Gran Bretaña y Oceanía), bloque enfrentado y aliado de forma cambiante con otras dos potencias, Eurasia (la URSS que absorve Europa) y Asia Oriental (China, Japón e Indochina), de similares características.
Dejando de lado los aspectos formales de la narrativa de Orwell, en nuestra opinión excelente al contar todos los aspectos necesarios para trazar una idea completa de esa sociedad, incluso la historia de ese sistema, analizaremos los puntos políticos de la obra. Podríamos extendernos muchísimo, intentaremos ser breves.
Hoy podemos decir que Orwell erró al imaginar un futuro próximo representado en una distopía muy basada en la antigua URSS, por su propia experiencia, y en los totalitarismos fascistas, con una estatalización total de los medios de producción y una sociedad dividida en una oligarquía reducida del Partido Interior -entre soviético y parafascista- que tiene como finalidad mantenerse en un Poder absoluto (ni aristocracias, ni capitalistas que controlan los medios de producción y finanzas, simplemente profesionales del poder, con posibilidad de ser una casta permeable). Esa oligarquía ejerce su dominio sobre otros burócratas de inferior rango, el Partido Exterior, al que pertenece Winston, y que a su vez administran según se les exige los recursos, la prensa y la historia, y que controlan a los proles, la inmensa mayoría de la población, la última capa de la sociedad, el proletariado en neolengua, una nueva lengua que busca eliminar paulatinamente términos para que al reducir el lenguaje se reduzca la capacidad de pensamiento abstracto.
A Winston le asaltan dudas acerca de las grandes mentiras del gobierno, representado en la figura del omipresente y omnisciente Gran Hermano (hoy conocida desgraciadamente por otros medios). Ello le situa en una situación peligrosa: el Ministerio del Amor se encarga de reprimir no ya las acciones en contra del partido, sino simples comentarios o incluso frases dichas en sueños, pues vigilan hasta dentro de casa. Nos presenta una sociedad irrespirable, con recursos escasos, imposible de sobrellevar, sin grietas por donde pueda escapar el pensamiento fuera del Ingsoc, una ídeología confusa y cambiante según los intereses del Gran Hermano, y que tiene origenes y fraseología del socialismo Británico.
La experiencia política de Orwell le lleva a profundizar en las paradojas y contradicciones del socialismo estalinista, llevándolas a esta idealización en las que si el partido dice que algo blanco es negro, un buen miembro del Partido debe saber que eso es negro. La lucha del Partido es contra la Verdad, y la libertad para Winston (y Orwell) es la capacidad de poder decir la verdad. Los nombres de los ministerios (del Amor: represión, de la Abundancia: pobreza, de la Verdad: manipulación) son un ejemplo. Hace clara referencia también a la desaparición de personajes purgados de las fotos y de los libros de historia de la URSS de Stalin. La purga constante de indeseables que no consiguen modular su mente hasta el absurdo que pretende el Partido se lleva también a cabo sobre los documentos, prensa y libros, labor que desempeña el protagonista y que le lleva a dudar de todo el sistema al ser consciente.
Después del crimental, crimen de conciencia, a Winston sólo le queda pasar a la acción. Se encuentra con Julia, cuya rebeldía está limitada a la liberación sexual, es instintiva, sin base teórica. Pero Winston tras conocer a O’Brien alimenta sus ansias por encontrar una justificación a su odio al Gran Hermano. Entra en la Hermandad, una sociedad secreta supuestamente dirigida por Goldstein (referencia a Trotski) y que le refuerza sus intuiciones y análisis de la sociedad en la que vive, y ya encuentra su por qué. Lo que viene después lo dejamos al lector, por no desvelar el final.
Hay una represión del crimental, pero también del sexo, para conseguir individuos frustrados que se desahoguen en las manifestaciones, mitines y actividades del partido. De la represión del amor, se consigue la desaparición de la familia (los hijos denuncian a los padres, manipulados) y la conversión de esas energías en odio. El odio al enemigo extranjero y al enemigo interior del Partido que ‘protege’ el supuesto nivel de vida y la seguridad.
Y ahí es donde nace la clave que sujeta en guerra eterna y en desigualdad social y política a una sociedad que podría haber superado la división de clases y las jerarquías: la guerra y delación contra los enemigos del partido, encarnados en Goldstein, centro de los “Dos Minutos de Odio” que todos están obligados a vivir diariamente y que sirve de válvula de escape; y la guerra exterior contra unas potencias hoy aliadas pero mañana enemigas sin que pase nada, y que nunca pierden ni vencen. Viven en el mismo sistema totalitario que los otros dos enemigos, y tan equilibrados que no avanzan los frentes, pero que se autojustifican mutuamente para poder gastar en guerras aquellos recursos que repartidos llevarían a una mejora del nivel de vida general, al acceso a la información, a la educación y a la toma de conciencia, lo cual llevaría a la supresión del poder ejercido por unos pocos. Poder ideológico del odio y también gasto de recursos en guerra que justifican todo el tinglado de una oligarquía que conoce como ninguna otra oligarquía anterior los fundamentos para sostenerse en un Poder sin debilidades.
Trazando paralelismos con la actualidad, obviamente hemos de olvidar todas las referencias a un nivel de vida, estética, mensajes y control absoluto al estilo totalitario. Como mucho en Corea del Norte podría reflejarse, y es que 1984 es una crítica a todos los totalitarismos, verlo como un libro anticomunista es un error. De ahí que no sea un libro que ha superado el contexto de su época y que no sea equiparable a la actualidad, aunque debe servir como aviso. Permitiendo que podamos debatir puntos vigentes como advertencias.
Las válvulas de escape de unas energías que no encuentran otras formas de salir constructivas pueden ser similares, sólo que ahora no están dirigidas por cuadros de un partido ni guiadas completamente. Son el ir a ver el fútbol, enfrentamiento ritual de violencia simbólica, la sociedad polideportiva, los bares del finde, la televisión para la evasión después del trabajo. Digamos que si en 1984 la represión es palpable, temible por el sujeto, diaria y las actividades guiadas claramente, en la actualidad el control, el ocio de masas y todos los límites alienantes que nos ofrece la sociedad de consumo, son aceptados como la mejor sociedad posible, no temidos, sino “elegidos”. ¿Qué es entonces peor?
El uso propagandístico de la guerra contra enemigos exteriores terroristas sí es universal. Pero nuestras guerras siguen siendo imperialistas, actualmente asimétricas, de potencias contra países indefensos, no basadas en un equilibrio de bloques de oligarquías enfrentadas que en realidad estan actuando solidariamente: sosteniéndose y justificándose unas y otras a costa de la manipulación y el gasto que ofrece la guerra, como pudo ser la época del autor.
Pero sin duda, lo que más nos representa es la mejora tecnológica de los medios de control. Los métodos coercitivos son mucho más suaves en las democracias liberales actuales que en 1984, pero la tecnología de Orwell existe, está ahí, y está siendo usada. En Londres hay 4 millones de cámaras vigilando cualquiera de nuestros movimientos por la calle, hasta 300 veces al día pueden vernos. Esto se está haicendo extensible a todo Occidente. Muchas de ellas llegan a tener sonido, escuchan, pero también han aparecido las que “hablan”. ¿Quién las controla? ayuntamientos, la policía, pero también bancos, empresas particulares… están en manos públicas y privadas, y a saber donde acaban esos datos.
Y todo esto sin que haya aparentemente mucho malestar entre los vigilados. Las encuestas dicen que un 90% de británicos están a favor. La respuesta es sencilla, sólo hay que agitar el miedo al terrorismo y la delincuencia común para que la gran mayoría de la población renuncie a su libertad. En 1984 la gran mayoría, aun frustrados, alienados violentamente, creían en el Gran Hermano. Actualmente ocurre algo similar pero más perverso: no se aplica la coerción tan brutal, es prácticamente invisible para la mayor parte de la población, y aun es bienvenida. De hecho hay una correlación entre métodos más autoritarios de justicia (eliminación de Habeas Corpus, arrestos más largos ampliación del concepto de delito terrorista, torturas legalizadas, asesinato por la policía de un inmigrante en el metro…) y el aumento de vigilancia. Y en ninguno de los casos hay protestas. Todo con el mismo argumento: protección.
Hace unos días Banksy denunció este hecho con un mural “Una nación bajo CCTV” (cámaras de vigilancia). Pronto las autoridades mandaron borrarlo con el argumento de que después cualquiera con aerosol hace arte. ¿La Libertad no era la capacidad de poder decir la Verdad?
Thermobia

Desembre 19, 2008 a 11:28 am
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